10.30.2010

Nuestros mostros de cartón

El tiempo me alcanzó en un recuerdo, una caja mal cortada de una rostro divertido era el plan perfecto para que yo y otros chamacos de la colonia inventáramos la estrategia perfecta para obtener algunos dulces y que más sino una gran experiencia en nuestra niñez.

Una vela era la compañera perfecta para la oscuridad y la solución perfecta para que aquella calaverita de cartón o la artesanal calabaza tomara el papel principal en la travesura que albergábamos en el corazón para tales días tan esperados.

Todo iniciaba desde la mañana cuando íbamos de excursión por los sembradíos buscando el fruto perfecto, ni muy grande, ni muy pequeño dependía del gusto de cada uno de nosotros, tenía que ser de la forma ideal para presumirles a los demás que ya teníamos el barro y que siendo nosotros los escultores ya teníamos imagen regodeada en nuestras mentes.

En la casa de cada quien ya sea con la caja de zapatos o la calabaza empezaba un ritual artesanal que colocaba en nosotros un brillo especial en nuestros ojos, no era enamorarnos de una forma normal, era embelesarnos de nuestra obra de arte, era una deforme y rara cosa redonda o cuadrada hecha por nosotros y para que el mundo entero la viera y nos compensara con muchos dulces, eso decía la tradición que entre los chamacos forjábamos a través de leyendas de años pasados.

Al caer la noche, ya comprobando que la luz en el interior de nuestra calavera provocaba el suficiente fuego en nuestras almas. Qué puedo decirles, del frío del ambiente, eso no transcendental, era más importante empezar nuestro peregrinaje por todas las casas de la colonia, éramos un grupo homogéneo de mostros pequeños de gran imaginación cargando algo maltrecho que daba luz a nuestro corazón.

No faltaban los accidentes y de ellos las grandes risas y bromas entre nosotros, así como también el sentimiento de compartir y de protección hacia los menores y que decir cuando el pedir dulces se volvía una competencia de acumular el más grande tesoro, competencia sana sin envidia, solo era jugar.

Amigos hemos crecido, y no puedo evitar reírme ante babosadas, tales como poner nuestro artilugio frente a una casa oscura, agacharnos para que nadie nos viera y empezar a gritar en coro y con una voz para nosotros de ultratumba aquella palabra “calavera, calaveera” y salir corriendo porque para nosotros era una travesura que para el dueño de esa casa le iba significar una susto del otro mundo y un regaño por para nosotros por pasarnos de vivos.

Por último, cual piratas el gran botín era repartido y esto seguramente porque la mayoría de las velas ya se habían apagado y una que otra calavera había ya, pasando al otro mundo. Yo en esos momentos no me cuestionaba si era una tradición de mi país o si estaba tomando la de otro, pero algo si estoy seguro es que nosotros creábamos un mundo fantástico que hasta hoy podemos recordar, porque era lleno de risas e ilusiones porque éramos libres y nos sentíamos seguros.

Y ahora solo sé que hoy ya no se maneja la creatividad, los padres mejor compran cosa de plástico y salen con sus hijos para evitar que les pueda suceder algo en la calle, y las cajas de zapatos se ven en los cruceros y en las salidas de los centros comerciales con el objetivo de dar lastima y así obtener unas monedas y no aquel botín de dulces, es triste esta comparación, pero por qué si muchos de nosotros tuvimos tanto gozo dejamos que esto llegará hasta estos niveles. Hoy morimos de miedo por unos vivos y estamos olvidando aquellas leyendas terroríficas de aquellos nuestros muertos y la diversión de nuestros mostros de cartón.

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